lunes, 17 de diciembre de 2012

Capítulo 2 ( parte 1)







5 años después
        
        Los laudes eran tañidos por los trovadores con entusiasmo. Un ambiente festivo reinaba en el salón del castillo y todos los presentes bailaban al son de la música. En ese momento comenzó a cantar la joven y famosa Lilian de McKingad. Era una trovadora que recorría el reino de Deichlam de punta a punta. Sus cantares eran tema de conversación a toda hora y, por supuesto, ella también. A una esquina del salón se encontraban los pajes del rey que en algún momento, honraría con su presencia a los presentes.
En el centro, las parejas bailaban con alegoría y con una sonrisa en los labios. A los extremos se encontraban los más rezagados, los que no querían bailar o las cotillas que se dedicaban a cuchichear de cuanta alma se encontrara en el salón.
Las puertas se abrieron y entró una muy numerosa familia. En primera fila se encontraba una pareja ya algo mayor. La mujer, alta, elegante y rubia iba del brazo de un señor bajo, algo regordete y pelirrojo. Éste miraba nerviosamente a todos los presentes. Cuando ya hubo registrado con aquella sagaz mirada toda la sala; pareció relajarse y andar más relajado. La pareja que venía después era muy joven. el hombre alto y apuesto llevaba de la mano a su bella y joven esposa. La mujer con un pelo negro y liso y unos ojos azul turquesa iba con una sonrisa de completa felicidad en la cara y se notaba un poco disimulado entusiasmo. Él, mucho más tranquilo, iba con porte regio y elegante y en sus brillantes ojos verdes no se mostraba ni una sola emoción. Detrás de ellos iban cuatro muchachos. Todos eran guapos y altos. Había uno de ellos que no era tan mayor como los demás, debía de rondar los diez u once años; pero igual que al otro hombre no mostraban ni una sola emoción.
Todos se dirigieron hacia la esquina donde se encontraba el secretario del rey, el conde Mankel. Por donde pasaban empezaban los murmullos entre las gentes.
-Mirad, Clarisse, son ellos. Verdugo que es el padre.
-Y descarriada la hija. Se escapó de la casa el día antes de casarse.
-Sí, el pobre prometido. ¡Qué vergüenza! Y se atreven a venir aquí. También es cierto que él no tiene la culpa de que la hija sea una cualquiera, porque me han dicho...
Las señoras seguían con su cacareo habitual, pero ninguno de los aludidos se dignó a mirarlos, lo que ellas tomaron como un desprecio. Cuando el conde Mankel los vio, se excusó y se dirigió con una sonrisa a la familia. el hombre bajito le dio la mano al igual que el resto de la familia.
En ese momento, la música cesó y las trompetas sonaron anunciando la llegada del rey y la reina. Las puertas se abrieron y entró la reina de la mano del rey. los dos, se debía de decir, que eran muy apuestos y de ellos se decían las mil maravillas. Detrás de ellos iba su séquito. Entre ellos se encontraban las damas de compañía de la reina y los cortesanos más acaudalados del reino. avanzando lentamente se dirigieron a los tronos situados en sobre un gran escaño de madera. Se dieron la vuelta y se sentaron. Las damas y los cortesanos se pusieron a ambos lados y entonces la voz del rey se alzó con fuerza por encima de los murmullos de admiración de los presentes.
-Mis queridas damas y caballeros, os doy la bienvenida a mi castillo. Os he convocado aquí por el quinto cumpleaños de mi pequeña niña. Ésta, nacida hace cinco primaveras hoy cumple años y aunque no esté aquí presente se celebrará una fiesta en su honor. Mañana durante el día también será de celebración para que podáis felicitarla y darle vuestros presentes en persona. Ahora disfrutad de la fiesta hasta que dé comienzo el banquete. ¡Qué la música continúe!- Con estas atronadoras palabras Lilian comenzó otra vez a cantar y a bailar. Pronto el ambiente se volvió a llenar del aire festivo de antes pero todos ajenos a lo que en ese momento pasaba a las afueras del castillo. 

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