5 años después
Los laudes eran tañidos por los trovadores con entusiasmo. Un ambiente
festivo reinaba en el salón del castillo y todos los presentes bailaban al son
de la música. En ese momento comenzó a cantar la joven y famosa Lilian de
McKingad. Era una trovadora que recorría el reino de Deichlam de punta a punta.
Sus cantares eran tema de conversación a toda hora y, por supuesto, ella
también. A una esquina del salón se encontraban los pajes del rey que en algún
momento, honraría con su presencia a los presentes.
En el
centro, las parejas bailaban con alegoría y con una sonrisa en los labios. A
los extremos se encontraban los más rezagados, los que no querían bailar o las
cotillas que se dedicaban a cuchichear de cuanta alma se encontrara en el salón.
Las
puertas se abrieron y entró una muy numerosa familia. En primera fila se
encontraba una pareja ya algo mayor. La mujer, alta, elegante y rubia iba del
brazo de un señor bajo, algo regordete y pelirrojo. Éste miraba nerviosamente a
todos los presentes. Cuando ya hubo registrado con aquella sagaz mirada toda la
sala; pareció relajarse y andar más relajado. La pareja que venía después era
muy joven. el hombre alto y apuesto llevaba de la mano a su bella y joven
esposa. La mujer con un pelo negro y liso y unos ojos azul turquesa iba con una
sonrisa de completa felicidad en la cara y se notaba un poco disimulado
entusiasmo. Él, mucho más tranquilo, iba con porte regio y elegante y en sus
brillantes ojos verdes no se mostraba ni una sola emoción. Detrás de ellos iban
cuatro muchachos. Todos eran guapos y altos. Había uno de ellos que no era tan
mayor como los demás, debía de rondar los diez u once años; pero igual que al
otro hombre no mostraban ni una sola emoción.
Todos
se dirigieron hacia la esquina donde se encontraba el secretario del rey, el
conde Mankel. Por donde pasaban empezaban los murmullos entre las gentes.
-Mirad,
Clarisse, son ellos. Verdugo que es el padre.
-Y descarriada
la hija. Se escapó de la casa el día antes de casarse.
-Sí,
el pobre prometido. ¡Qué vergüenza! Y se atreven a venir aquí. También es
cierto que él no tiene la culpa de que la hija sea una cualquiera, porque me
han dicho...
Las
señoras seguían con su cacareo habitual, pero ninguno de los aludidos se dignó
a mirarlos, lo que ellas tomaron como un desprecio. Cuando el conde Mankel los
vio, se excusó y se dirigió con una sonrisa a la familia. el hombre bajito le
dio la mano al igual que el resto de la familia.
En ese
momento, la música cesó y las trompetas sonaron anunciando la llegada del rey y
la reina. Las puertas se abrieron y entró la reina de la mano del rey. los dos,
se debía de decir, que eran muy apuestos y de ellos se decían las mil
maravillas. Detrás de ellos iba su séquito. Entre ellos se encontraban las
damas de compañía de la reina y los cortesanos más acaudalados del reino.
avanzando lentamente se dirigieron a los tronos situados en sobre un gran
escaño de madera. Se dieron la vuelta y se sentaron. Las damas y los cortesanos
se pusieron a ambos lados y entonces la voz del rey se alzó con fuerza por
encima de los murmullos de admiración de los presentes.
-Mis
queridas damas y caballeros, os doy la bienvenida a mi castillo. Os he
convocado aquí por el quinto cumpleaños de mi pequeña niña. Ésta, nacida hace
cinco primaveras hoy cumple años y aunque no esté aquí presente se celebrará
una fiesta en su honor. Mañana durante el día también será de celebración para
que podáis felicitarla y darle vuestros presentes en persona. Ahora disfrutad
de la fiesta hasta que dé comienzo el banquete. ¡Qué la música continúe!- Con
estas atronadoras palabras Lilian comenzó otra vez a cantar y a bailar. Pronto
el ambiente se volvió a llenar del aire festivo de antes pero todos ajenos a lo
que en ese momento pasaba a las afueras del castillo.
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