Diciembre del año 1230
Roshvener
En el cielo brillaba ya la luz del alba e iluminaba
con su etérea luminosidad la pálida tez de una joven muchacha. Soplaba ya el
frío viento del norte, que anunciaba la llegada del duro e inhóspito invierno y
también la desgracia para la joven dama que se encontraba a las afueras de la
muralla. Una fuerte y helada ráfaga de viento sopló en ese instante e hizo
tiritar a la joven haciéndola sentirse aún más desgraciada. Para ella no solo
llegaba el solsticio de invierno, también su mayor castigo. Casarse. Con su
vecino. El viejo, repugnante y asquerosamente rico Lord Jeremia Lustren, señor
de Miltons. Hacía años que estaban prometidos. La joven, Elaine de Lochwest,
contaba ya con diez años cuando se acordó la unión. Elaine se casaría a los
diecinueve años con el lord, que contaría ya con unos sesenta. La ceremonia se
realizaría el día del solsticio de invierno. El viejo lord se había casado ya
tres veces pero no había logrado tener ningún heredero con ellas. De hecho, no
había tenido ni hijos ni hijas. Cuando la joven y hermosa Elaine había
dado ya signos de crecer más rápido que las demás; el padre de esta, Rufus de
Lochwest, Lord Taming decidió que era muy buena idea prometerla con su rico
vecino. Al siempre ambicioso Rufus le daban igual los sentimientos de su hija a
él solo le importaba el dinero, las influencias y, como no, él mismo. Pero,
pensó Elaine, nunca se imaginaria que su dulce y un poco reservada hija no era
lo que parecía. Con su melena castaño rojiza hasta la cintura, sus fulgurosos
ojos azul verdoso, su alta estatura y su temperamento no habría nadie que le
impidiese escapar esa mañana. Habría que matarla para impedirle no fugarse.
Jamás cometería el hercúleo sacrificio de casarse con su vecino. Era joven y
tenía una muy larga y prometedora vida por delante. Desde el día que le habían
dicho que estaba prometida a su vecino, al que ella tomaba como un buen amigo,
se había empezado a entrenar a escondidas con su hermano mayor Henry, que
tampoco aprobaba semejante injusticia. De eso ya hacia nueve años, y Elaine era
tan buena como cualquier caballero de su padre. No temía tan poco perderse en
el bosque ya que lo conocía como la palma de su mano. Iba más que preparada
para huir y ser feliz lejos de las ambiciones de su padre.
***
Una algarabía reinaba en el ambiente del
castillo de lord Taming. El lord con su baja y rechoncha figura andaba de un
lado a otro en el espacioso salón. Las mejillas se le habían coloreado y
respiraba con dificultad por la ira. Su estúpida e ingrata hija se había
largado dejándolo sin sus planes de hacerse aún más rico. ¿Qué le diría ahora a
Jeremia? Alineados frente a él estaban sus tres hijos mayores. Todos altos y
guapos, mostraban ahora unas expresiones vacías sin dar pie a ningún tipo de
sentimiento. Se notaba que los habían entrenado bien como guerreros. Rufus no
tenía manera de saber lo que pensaban o sus sentimientos. Parecían rocas. Pero
siempre tenía una buena baza y esta no era la excepción. Ellos no le dirían
nada pero el enclenque de su hijo pequeño sí. Con solo cinco años, Gordon era
bastante alto para su edad y muy inteligente y astuto. Acercándose a él, lo
cogió de la manita y lo llevo hacía la silla del lord. Su hijo siempre había
querido sentarse allí y esta no creía que fuese la excepción. Gordon lo siguió
de buen grado y cuando se acercaban a la silla empezaron a brillarle los ojos.
Niños. Inocentes y muy influenciables. Agachándose a su lado lo miró a sus
claros ojos azules y le revolvió su pelo color rubio claro, herencia de su
segunda esposa, Isabella. El niño sonrió y empezó a dar saltitos de alegría
ante las muestras de cariño que le brindaba su padre. Este poniendo una sonrisa
falsa le dijo a su hijo con una sonrisa falsa:
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