domingo, 25 de noviembre de 2012

Capítulo 1




Diciembre del año 1230

Roshvener


En el cielo brillaba ya la luz del alba e iluminaba con su etérea luminosidad la pálida tez de una joven muchacha. Soplaba ya el frío viento del norte, que anunciaba la llegada del duro e inhóspito invierno y también la desgracia para la joven dama que se encontraba a las afueras de la muralla. Una fuerte y helada ráfaga de viento sopló en ese instante e hizo tiritar a la joven haciéndola sentirse aún más desgraciada. Para ella no solo llegaba el solsticio de invierno, también su mayor castigo. Casarse. Con su vecino. El viejo, repugnante y asquerosamente rico Lord Jeremia Lustren, señor de Miltons. Hacía años que estaban prometidos. La joven, Elaine de Lochwest, contaba ya con diez años cuando se acordó la unión. Elaine se casaría a los diecinueve años con el lord, que contaría ya con unos sesenta. La ceremonia se realizaría el día del solsticio de invierno. El viejo lord se había casado ya tres veces pero no había logrado tener ningún heredero con ellas. De hecho, no había tenido ni hijos ni hijas. Cuando la joven y hermosa Elaine  había dado ya signos de crecer más rápido que las demás; el padre de esta, Rufus de Lochwest, Lord Taming decidió que era muy buena idea prometerla con su rico vecino. Al siempre ambicioso Rufus le daban igual los sentimientos de su hija a él solo le importaba el dinero, las influencias y, como no, él mismo. Pero, pensó Elaine, nunca se imaginaria que su dulce y un poco reservada hija no era lo que parecía. Con su melena castaño rojiza hasta la cintura, sus fulgurosos ojos azul verdoso, su alta estatura y su temperamento no habría nadie que le impidiese escapar esa mañana. Habría que matarla para impedirle no fugarse. Jamás cometería el hercúleo sacrificio de casarse con su vecino. Era joven y tenía una muy larga y prometedora vida por delante. Desde el día que le habían dicho que estaba prometida a su vecino, al que ella tomaba como un buen amigo, se había empezado a entrenar a escondidas con su hermano mayor Henry, que tampoco aprobaba semejante injusticia. De eso ya hacia nueve años, y Elaine era tan buena como cualquier caballero de su padre. No temía tan poco perderse en el bosque ya que lo conocía como la palma de su mano. Iba más que preparada para huir y ser feliz lejos de las ambiciones de su padre.
Asegurando las alforjas que contenían comida para dos días, unos vestidos y la ropa de entrenar, se subió al caballo de guerra que la noche anterior le había dado otro de sus cuatro hermanos.
Sus hermanos eran bastante especiales. El mayor, Henry, contaba ya con veinticinco años. Se había casado hacía tres y ya tenía dos niñas Sofí y Leonor. Con veintitrés años, Liam, que era el solterón de la familia, reservado y un poco serio. Con veinte años, Angus, que con sus sonrisas y bromas le alegraba el día hasta el más amargado. Y por último, Gordon su muy pequeño y mimado hermano, que tenía cinco años. Elaine lo adoraba y era el que más pena le daba abandonar. Menos mal que su madrastra, cuidaría de él. Reprimiendo las lágrimas que le daba dejar su hogar  se ajustó bien la capa al cuello y espoleó el caballo para que empezase a trotar para internarse en el bosque.

***

Una algarabía reinaba en el ambiente del castillo de lord Taming. El lord con su baja y rechoncha figura andaba de un lado a otro en el  espacioso salón. Las mejillas se le habían coloreado y respiraba con dificultad por la ira. Su estúpida e ingrata hija se había largado dejándolo sin sus planes de hacerse aún más rico. ¿Qué le diría ahora a Jeremia? Alineados frente a él estaban sus tres hijos mayores. Todos altos y guapos, mostraban ahora unas expresiones vacías sin dar pie a ningún tipo de sentimiento. Se notaba que los habían entrenado bien como guerreros. Rufus no tenía manera de saber lo que pensaban o sus sentimientos. Parecían rocas. Pero siempre tenía una buena baza y esta no era la excepción. Ellos no le dirían nada pero el enclenque de su hijo pequeño sí. Con solo cinco años, Gordon era bastante alto para su edad y muy inteligente y astuto. Acercándose a él, lo cogió de la manita y lo llevo hacía la silla del lord. Su hijo siempre había querido sentarse allí y esta no creía que fuese la excepción. Gordon lo siguió de buen grado y cuando se acercaban a la silla empezaron a brillarle los ojos. Niños. Inocentes y muy influenciables. Agachándose a su lado lo miró a sus claros ojos azules y le revolvió su pelo color rubio claro, herencia de su segunda esposa, Isabella. El niño sonrió y empezó a dar saltitos de alegría ante las muestras de cariño que le brindaba su padre. Este poniendo una sonrisa falsa le dijo a su hijo con una  sonrisa falsa:
-Gordon, ¿quieres ayudar a tu padre?- el niño empezó a fruncir un poco el cejo pero luego sonrió con suficiencia. Asintió muy rápidamente con la cabeza no pudiendo esperar para saber lo que le encomendaría su padre. << Estúpido>> pensó Rufus. Poniendo otra vez esa sonrisa falsa continuó- Bien. ¿Miras la silla en la que tanto deseas sentarte?- Otro asentimiento por parte de Gordon- Pues te dejaré, hijo mío, si me dices adonde se marchó tu hermana.- Al niño, repentinamente, le cambió la cara. Dejó de sonreír y se zafó del agarre de su padre. Se alejó unos pasos y se fue corriendo junto a Henry. Este lo abrazó por los hombros y puso una expresión orgullosa. Acto seguido Angus dijo, con voz burlona:
-Lo sentimos, padre. Pero lamentamos decirte que no lo averiguaras por ninguna de nuestras bocas. Nunca te lo diremos. Elaine se fue, pero nunca te diremos su paradero.- Rufus volvió a sentir que su sangre empezaba a bullir con la rabia. Malditos todos sus hijos.
-¿Sabéis? Vuestra hermana no sobrevivirá. Puede que la maltraten, la secuestren, la…- la mano de Henry lo detuvo. Con una sonrisa de suficiencia le dijo:
-Lo sentimos otra vez, pero nos hemos encargado a lo largo de estos años a entrenarla y el último de sus problemas es ese. Ahora si nos disculpáis, tenemos cosas que hacer.- Haciendo todos una inclinación de cabeza se marcharon hacia el patio de armas.
Rufus cogió una silla y la estampó contra la pared que tenía más próxima. Su hija pagaría esto muy caro, se arrepentiría de haberlo desafiado. Ojala le pasase de lo peor, así aprendería. Todo su dinero y fortuna a la basura y todo por una niña tonta con tontos sueños. No, no lo permitiría. Llamando a gritos a su contador, le pidió que mandase llamar al jefe de su guardia. Unos minutos después ahí estaba. Su mejor y más feroz guerrero. Ronald Quentin, el que se encargaría de traer a su desagradecida hija. Girándose para verlo le dijo esta sentencia:
-Da igual lo que tardes las ciudades que tengas que recorrer o los mares que navegar. Encuéntrala, tráemela viva o muerta, me da igual, pero tráemela. Si está viva sufrirá, si está muerta, sus hermanos sufrirán. Cuando cumplas tu cometido te pagaré todo el dinero que quieras.- Realizando una inclinación de cabeza, se dio media vuelta y salió caminando al que sería su destino. Buscando a la joven valiente que marchara con el alba y que, sin saberlo, sería su perdición. La fuerza era igual en ambos y las voluntades también. Pasarían años hasta que una feroz batalla se desatase. Y que ambos hombres se diesen cuenta que a Elaine no había que subestimarla.

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